En primer lugar, colocamos la leche en un cazo con la rama de canela, la esencia de vainilla y la corteza de limón (sólo la parte amarilla). Es importante reservar un vaso de leche para poder disolver la harina, por lo que no vertáis toda en el cazo. Calentamos y dejamos infusionar a fuego lento durante 15 minutos, sin que llegue a hervir y una vez haya pasado el tiempo, la colamos para quitar las ramas de canela y la corteza de limón y la reservamos
Por un lado, vertemos la harina en el vaso de leche que habíamos reservado y la disolvemos hasta que no queden grumos. Por otro lado, cascamos los huevos separando las yemas de las claras. En esta receta sólo se utilizan las yemas (pero no tires las claras y guárdalas en la nevera para hacer un revuelto, unas tortitas o cualquier cosa). Colocamos las yemas en un bol y añadimos el eritritol y el vaso de leche con la harina. Batimos toda la mezcla hasta que quede bien integrada
Llega el turno de incorporar la leche que habíamos infusionado. Es importante añadirla sin parar de batir la mezcla del bol y poco a poco en forma de hilo. Cuando hayas vertido toda, verás que te queda espuma en la superficie. Es normal. Vertemos todo el preparado en un cazo y lo llevamos al fuego.
El fuego debe ser bajo, ya que esta preparación se pega y se quema con facilidad. Puedes hacerlo al baño maría, aunque te cueste un poquito más. Removemos sin parar con una una varilla manual de plástico (tu cazo lo agradecerá). Cuando desaparezca la espuma de la superficie y las natillas espesen, ya puedes retirar el cazo del fuego. Este paso suele llevar unos 10-15 minutos y si te gustan bastante espesas como a nosotros sobre los 20 minutos. ¡No seas impaciente o se te pueden quemar!
Por último, llenamos los recipientes que más nos gusten, colocamos por encima una galleta María y espolvoreamos canela por encima. Una vez atemperadas, llevamos a la nevera y dejaremos enfriar durante unas horas antes de disfrutarlas